martes, 31 de julio de 2018

Las Heridas de la Familia

Este mes reflexionamos sobre las heridas que se abren en el seno de la convivencia familiar, es decir, cuando en la familia misma nos hacemos mal.


En ninguna historia familiar faltan los momentos donde la intimidad de los afectos más queridos es ofendida por el comportamiento de uno de sus miembros, Palabras, acciones y omisiones que, en vez de expresar amor, lo apartan, o aún peor lo acaban.

Cuando estas heridas, que son remediables, se descuidan, se agravan: se transforman en prepotencia, hostilidad y desprecio. Y en este momento pueden hacerse más profundas, dividiendo al marido y la mujer, e inducen a buscar en otra parte comprensión, apoyo y consolación. Pero a menudo estos “apoyos” no piensan en el bien de la familia.

La pérdida del amor conyugal ocasiona resentimiento en las relaciones y, con frecuencia este resentimiento y esta división “cae” sobre los hijos. Son los niños los que resultan más lastimados y con heridas en su alma.


Preguntémonos… ¿Sabemos qué es una herida del alma?, ¿Sentimos el peso de la montaña que aplasta a un niño, en las familias que se tratan mal y donde se rompe el vínculo de la fidelidad conyugal?, ¿Cuánto pesan nuestras decisiones equivocadas en el alma de un niño?

Cuando los adultos pierden la cabeza, cuando cada uno piensa sólo en sí mismo, cuando papá y mamá se hacen daño, el alma de los niños sufre mucho, experimenta la desesperación, y son heridas que dejan marca toda la vida.


Cuando un hombre y una mujer, que se comprometieron a ser “una sola carne” y a formar una familia, piensan de manera obsesiva en sus exigencias de libertad y gratificación personal, esta actitud mella profundamente en el corazón y la vida de los hijos, que son carne de su carne. Todas las heridas y todos los abandonos del papá y de la mamá inciden en la carne viva de los hijos


Por otra parte, es verdad que hay casos donde la separación es inevitable. A veces puede llegar a ser incluso moralmente necesaria, cuando se trata de proteger al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, el desaliento, la explotación y la indiferencia.

No faltan, gracias a Dios, esposos que apoyados en la fe y en el amor por los hijos, dan testimonio de su fidelidad a un vínculo en el que han creído, aunque parezca, a veces imposible hacerlo revivir. Sin embargo, no todos los separados sienten esta vocación, no reconocen en la soledad el llamado que el Señor les dirige.

A nuestro alrededor tenemos familias que sufren las heridas de la separación, ¿Cómo ayudarlas? ¿Cómo acompañarlas? ¿Cómo lograr que los niños no se conviertan en rehenes del papá o de la mamá?


Pidamos al Señor una fe grande, para mirar la realidad con la mirada de Dios; y una gran caridad, para acercarnos a las personas con un corazón misericordioso.

Cfr. Audiencia Papa Francisco  24 de junio del 2015.


martes, 26 de junio de 2018

El Duelo en la Familia


En este mes reflexionamos sobre el duelo, en la vida de nuestras familias. 


La muerte es una experiencia que toca a todas las familias sin excepción. Forma parte de la vida. Sin embargo, cuando toca los afectos familiares, la muerte nunca nos parece natural. 

Para los padres, la pérdida de un hijo o una hija es algo especialmente doloroso, es como si se detuviera el tiempo, se abre un abismo que se lleva el pasado y el futuro. 

Algo similar sufre también el niño que queda solo, por la pérdida de uno de los padres, o de los dos. La pregunta, “¿Dónde está papá? ¿Dónde está mamá?, expresa la angustia en el corazón del niño, que queda solo. 


En estos casos, la muerte es como un agujero negro que se abre en la vida de las familias y, al cual, no sabemos dar explicación alguna. Y a veces se llega incluso a culpar a Dios. 

En la experiencia familiar del luto, no se debe negar el derecho al llanto –tenemos que llorar en el luto. También Jesús se echó a llorar y se conmovió en su espíritu por el grave luto de una familia que amaba (Cf. Jn 11, 33-37) 


Las familias dan un testimonio sencillo y fuerte cuando perciben, ante el durísimo paso de la muerte, también el seguro paso del Señor, crucificado y resucitado, con su irrevocable promesa de resurrección de los muertos. 

En el pueblo de Dios, con la gracia divina, muchas familias demuestran con los hechos que la muerte no tiene la última palabra. La familia en el luto, encuentra la fuerza de custodiar la fe y el amor que nos unen a quienes amamos. 

La oscuridad de la muerte se debe afrontar con un trabajo de amor más intenso. 

En la luz de la Resurrección del Señor, nosotros podemos quitar a la muerte su “aguijón”; podemos impedir que envenene nuestra vida, que haga vanos nuestros afectos, que nos haga caer en el vacío más oscuro. 


En esta fe, podemos consolarnos unos a otros, sabiendo que el Señor venció a la muerte una vez para siempre. Nuestros seres queridos no han desaparecido en la nada. La esperanza nos asegura que están en las manos de Dios. 

El amor es más grande que la muerte; el camino es hacer crecer el amor, hacerlo más sólido. 


Si nos dejamos sostener por esta fe, la experiencia del luto puede generar una solidaridad de los vínculos familiares, puede hacerlos más fuertes, con una nueva apertura al dolor de las demás familias, con una nueva fraternidad familiar que nace y renace en la esperanza de nuestra fe. 

Cfr. Audiencia Papa Francisco 17 de junio del 2015.

sábado, 26 de mayo de 2018

Familia y Enfermedad


En este mes reflexionamos un aspecto muy común en la vida de nuestras familias: la enfermedad. Esta es una experiencia en nuestra vida, consecuencia de nuestra fragilidad, la enfermedad la vivimos generalmente en familia, desde niños y sobre todo como ancianos.


En el ámbito de los vínculos familiares, la enfermedad de las personas que queremos nos llena de sufrimiento y de angustia. Para un padre y una madre, muchas veces es más difícil soportar el mal de un hijo, de una hija, que el propio.


La familia, podemos decir, ha sido siempre el hospital más cercano, son la mamá, el papá, los hermanos, las abuelas quienes garantizan las atenciones y ayudan a sanar.

Jesús se presenta públicamente como alguien que lucha contra la enfermedad y que vino para sanar al hombre de todo mal: el mal del espíritu y el mal del cuerpo. Él nunca fue indiferente, curar a los enfermos está incluso por encima de la ley, por eso los doctores de la ley  lo perseguían, porque curaba en sábado. Para Jesús dar la salud y hacer el bien es lo más importante.

Jesús manda a los discípulos a realizar su misma obra y les da el poder de curar a los enfermos. Recordemos el episodio del ciego de nacimiento, los discípulos discutían quién había pecado, si él o sus padres, para provocar su ceguera. El Señor lo dice claramente: ni él, ni sus padres; sucedió así para que se manifiesten en él las obras de Dios; y entonces lo cura. He aquí la gloria de Dios, he aquí la tarea de la Iglesia. Ayudar a los enfermos, no quedarse en las palabras, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de ellos; esta es nuestra tarea.



"Ante la enfermedad, también surgen dificultades en la familia, a causa de la debilidad humana. Pero, en general, el tiempo de la enfermedad refuerza los lazos familiares". 

Es importante educar a los hijos desde pequeños en la solidaridad en el momento de la enfermedad. Una educación que deja de lado la sensibilidad por la enfermedad humana, aridece el corazón y hace que los jóvenes sean indiferentes al sufrimiento de los demás.


La debilidad y el sufrimiento de nuestros seres más queridos pueden ser una escuela de vida y más aún cuando están acompañados por la oración y la cercanía afectuosa y solidaria de los familiares.

La comunidad cristiana sabe que no hay que dejar sola a la familia en la prueba de la enfermedad.

Esta proximidad cristiana, de familia a familia, es un verdadero tesoro para la parroquia; un tesoro de la sabiduría, que ayuda a las familias en tiempos difíciles y nos hace entender el Reino de Dios.

Cfr. Audiencia del Papa Francisco 10 de junio del 2015.

domingo, 29 de abril de 2018

Familia y Pobreza.


Este mes iniciamos una serie de reflexiones acerca de la vulnerabilidad de la familia, de algunas situaciones que la ponen a prueba, la familia tiene muchos problemas y pasa por situaciones difíciles, una de estas pruebas es la pobreza.


Hay numerosas familias que viven en pobreza, en las ciudades y en zonas rurales, a pesar de esta situación estas familias pobres buscan vivir con dignidad su vida diaria, a menudo confiando abiertamente en la bendición de Dios. Esta lección, sin embargo no debe justificar nuestra indiferencia, sino aumentar nuestra vergüenza por el hecho de que exista tanta pobreza.


Es casi un milagro que, en medio de la pobreza, la familia siga formándose, e incluso conservando –como puede- la especial humanidad de sus relaciones.

La economía actual se ha especializado en gozar del bienestar individual, pero practica ampliamente la explotación de los vínculos familiares, esto es una contradicción grave, el intenso trabajo de la familia no se cotiza en dinero, sin embargo la formación interior de la persona y la circulación social de los afectos tienen en el trabajo familiar su fundamento, si lo quitamos todo se viene abajo.


No es sólo cuestión de pan. Hablamos de trabajo, de educación, de salud. Es importante entender bien esto. Nos conmueve ver la imagen de niños desnutridos y enfermos en varias partes del mundo, al mismo tiempo nos conmueve también la mirada resplandeciente de niños que carecen de todo, cuando muestran con orgullo su lápiz y su cuaderno. ¡Y cómo miran con amor a sus maestros! Cuando hay miseria los niños sufren, porque ellos quieren el amor, los vínculos familiares.

Nosotros cristianos debemos estar cada vez más cerca de las familias que la pobreza pone a prueba. Todos conocemos a alguien, a un papá o a una mamá sin trabajo…y a una familia que sufre.


La miseria social golpea a la familia y en algunas ocasiones la destruye. La falta o la pérdida del trabajo, inciden con fuerza en la vida familiar, poniendo a prueba las relaciones. 

A los factores materiales se suma el daño causado a la familia por modelos familiares, difundidos por los medios de comunicación basados en el consumismo y el culto de la apariencia, que influyen en las clases sociales más pobres e incrementan la disgregación de los vínculos familiares. Cuidemos a las familias, cuidemos los afectos, cuando la pobreza pone a prueba la familia.

La Iglesia es madre, y no debe olvidar este drama de sus hijos. También ella debe ser pobre, para llegar a ser fecunda y responder a tanta miseria. Una Iglesia pobre es una Iglesia que practica una sencillez voluntaria en la propia vida. 


Oremos intensamente al Señor, que nos sacuda, para ser protagonistas, para ser cercanos a aquellas familias que pasan por la prueba de la pobreza y de la miseria, no olvidemos que el juicio de los necesitados, de los pequeños y los pobres anticipa el juicio de Dios. (Mt. 25, 31-46). 

Cfr. Audiencia del Papa Francisco 3 de junio del 2015.



miércoles, 4 de abril de 2018

El Noviazgo

Nuestra reflexión de este mes está dedicada al noviazgo, a su relación con la confianza, la familiaridad y la fidelidad. Familiaridad con la vocación que Dios dona, porque el matrimonio es ante todo una llamada de Dios.


Hoy los jóvenes pueden elegir casarse partiendo de un amor mutuo, pero esta libertad de elección requiere de una consciente armonía de la decisión, no sólo de un simple acuerdo que nace de la atracción o del sentimiento, de un momento o de un breve tiempo.

El noviazgo es el tiempo en el cual los dos, el hombre y la mujer, están llamados a realizar un buen trabajo sobre el amor, un trabajo compartido que va a la profundidad. Ambos se descubren despacio, mutuamente. El hombre conoce a esta mujer, su novia y la mujer conoce a este hombre, su novio.

No debemos subestimar la importancia de este aprendizaje, de este conocerse, el amor lo requiere, no es sólo una felicidad despreocupada o una emoción encantada.

“Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1, 31).

De esta cita del libro del Génesis, podemos comprender que el amor de Dios, que dio origen al mundo, no fue una decisión improvisada. El amor de Dios creó las condiciones de una alianza irrevocable, sólida, destinada a durar.


La alianza de amor entre el hombre y la mujer, alianza por la vida, no se improvisa, no se hace de un día para el otro. No existe el matrimonio exprés: es necesario trabajar en el amor, es necesario caminar. 

La alianza entre el hombre y la mujer se aprende y se afina. Es una alianza artesanal. 

Hacer de dos vidas una vida sola, es incluso casi un milagro, un milagro de la libertad y del corazón, confiado a la fe.


Los novios deben comprometerse más en este punto, trabajar en el amor, quien pretende querer todo y enseguida, luego cede también en todo y sucumbe ante la primera dificultad. No hay esperanza para la confianza y la fidelidad, si prevalece la costumbre de consumir el amor, como un complemento del bienestar personal. Esto no es el amor.

El noviazgo fortalece la voluntad de custodiar juntos algo que jamás deberá ser comprado o vendido, traicionado o abandonado, por más atractiva que sea la oferta.

La Iglesia en su sabiduría, custodia la distinción entre ser novios y ser esposos –no es lo mismo- no despreciemos esta enseñanza, que se nutre de la experiencia del amor conyugal felizmente vivido. Los símbolos fuertes del cuerpo poseen las llaves del alma: no podemos tratar los vínculos de la carne con ligereza, sin abrir alguna herida duradera en el espíritu (1 Cor 6, 15-20).


El noviazgo es un itinerario de vida que debe madurar como la fruta, es un camino de maduración en el amor, hasta el momento que se convierte en matrimonio. Muchas parejas están juntas mucho tiempo, tal vez también en la intimidad, conviviendo, pero no se conocen de verdad, por ello se debe reevaluar el noviazgo como tiempo de conocimiento mutuo y de compartir un proyecto.

Este camino de preparación al matrimonio, se debe valer del testimonio sencillo pero intenso de los cónyuges cristianos, de la escucha de la Palabra de Dios, de la oración y de los sacramentos, a través de los cuales el Señor viene a morar en los novios y los prepara para acogerse de verdad uno al otro con la gracia de Cristo; y la fraternidad con los pobres y con los necesitados.


Que cada pareja de novios piense en esto y uno le diga al otro: “te convertiré en mi esposa, te convertiré en mi esposo”. Que el noviazgo sea de verdad tiempo de iniciación al descubrimiento de los dones espirituales con los cuales el Señor, a través de la Iglesia, enriquece el horizonte de la nueva familia que se dispone a vivir en su bendición.

Cfr. Audiencia Papa Francisco  27 de mayo del 2015





 
                                                         

lunes, 26 de febrero de 2018

La Educación de los Hijos

Nuestra reflexión de este mes está dedicada a una característica esencial de la familia, su natural vocación a educar a los hijos para que crezcan en la responsabilidad de sí mismos y de los demás.


“Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan el ánimo” (Col. 3, 20-21). 

Esta es una regla sabia: los hijos educados en la escucha y obediencia a los padres, quienes no tienen que mandar de mala manera, para no desanimar a los hijos.


Los hijos deben crecer paso a paso, si los padres los toman de la mano y les ayudan a crecer con paciencia, las cosas irán bien, pero si se les pide a los hijos que hagan cosas que no son capaces de hacer, pueden caer en el desaliento. Por ello la relación entre padres e hijos debe ser de una sabiduría y un equilibrio muy grande.

En esta vocación no faltan las dificultades. Es difícil para los padres educar a los hijos que sólo ven por la noche, cuando se regresa a casa cansados del trabajo, los padres deben buscar la armonía entre sus trabajos y la educación familiar

Para los padres separados es aún más difícil, sobre todo cuando se toma a los hijos como rehenes, cuando el papá habla mal de la mamá y la mamá habla mal del papá, en esta situación no deben ser los hijos quienes carguen el peso de la separación, el papá y la mamá deben hablar bien el uno del otro, aunque no estén juntos, esto es muy difícil, pero es muy importante.


En nuestros días la educación familiar y la familia misma ha sido acusada, entre otras cosas, de autoritarismo, favoritismo, conformismo y represión afectiva que genera conflictos. Se ha abierto una brecha entre familia y sociedad, entre familia y escuela, al mismo tiempo han surgido “expertos”, que han ocupado el papel de los padres, incluso en los aspectos más íntimos de la educación. Así los padres corren el riesgo de excluirse de la vida de sus hijos.

Como respuesta a estas dificultades de la misión educativa de las familias, iluminados por la luz de la Palabra de Dios, tengamos como base el amor, el amor que Dios nos da, con este amor, con ternura y con paciencia se crece y se educa en la familia, recordemos que Jesús mismo pasó por la educación familiar.


La educación familiar es la columna vertebral del humanismo, su irradiación en la sociedad es el recurso que permite compensar las lagunas, las heridas y los vacios de paternidad y maternidad que tocan a los hijos menos afortunados. Si somos protagonistas de la educación de nuestros hijos muchas cosas cambiaran positivamente en nuestras comunidades.


Las familias cristianas debemos pedirle al Señor la fe, la libertad y la valentía necesarias para nuestra misión, que el Señor nos conceda la gracia de no autoexiliarnos de la educación de nuestros hijos, que nos permita cumplir esta misión de manera plena con amor, ternura y paciencia.

Cfr. Audiencia del Papa Francisco 20 de mayo del 2015

martes, 30 de enero de 2018

Las Tres Palabras

En este mes nuestra reflexión está dedicada a tres palabras, importantes en la vida de la familia, estas palabras son “permiso”, “gracias”, “perdón”.


Estas palabras abren camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz. Son palabras sencillas, pero no tan sencillas de llevar a la práctica. Encierran una gran fuerza: la fuerza de custodiar la casa, incluso en las dificultades y pruebas; si faltan, se abren grietas que pueden provocar que se derrumbe.

Estas palabras también las conocemos como las palabras de la “buena educación”, una persona educada pide permiso, dice gracias o se disculpa si se equivoca. San Francisco de Sales decía que “la buena educación es ya media santidad”

Sin embargo debemos tener cuidado que esta “buena educación” no sea solamente mero formulismo, que no sea una máscara, detrás de la cual se esconda la aridez del ánimo y el desinterés por nuestro prójimo. No estamos exentos de este riesgo, por lo que debemos vivir la buena educación de una manera autentica, donde las buenas relaciones estén firmemente enraizadas en el amor al bien y respeto del otro.

La primera palabra es “permiso”.


Cuando nos preocupamos de pedir las cosas con gentileza, ponemos un verdadero amparo al espíritu de convivencia matrimonial y familiar. Entrar en la vida del otro, incluso cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasora, que renueva la confianza y el respeto.

No lo olvidemos, antes de hacer algo en familia digamos; “permiso, ¿puedo hacerlo? ¿Te gusta que lo haga así?”. Es un lenguaje educado, lleno de amor. Y esto hace mucho bien a las familias.

La segunda palabra es “gracias”.


Hoy en día en nuestra sociedad, las malas maneras y las malas palabras se extienden como si fuesen un signo de emancipación, las escuchamos en todas partes, incluso públicamente. La amabilidad y la capacidad de dar gracias son vistas como un signo de debilidad y a veces suscitan incluso desconfianza.

Esta tendencia se debe contrarrestar en el seno de nuestras familias, en la vida familiar debemos cuidar lo que se refiere a la educación, a la gratitud, al reconocimiento: la dignidad de la persona y la justicia social pasan por esto, si la vida familiar descuida estos valores, la sociedad los pierde.

La gratitud, para nosotros los creyentes, está en el corazón mismo de la fe: un cristiano que no sabe dar gracias es alguien que ha olvidado el lenguaje de Dios  la gratitud es una planta que crece sólo en las almas nobles.

La tercera palabra es “perdón”.


Perdón es una palabra difícil, sin embargo es tan necesaria en la vida familiar, que cuando falta, se abren pequeñas grietas, que aún sin querer se convierten en fosas profundas. No es casualidad que en la oración que Jesús nos enseño, El “Padre Nuestro”, encontremos esta expresión: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12).

Reconocer el hecho de haber faltado, y el deseo de reparar el daño causado, nos hace dignos del perdón. Si no somos capaces de disculparnos, tampoco seremos capaces de perdonar. En la casa donde no se pide perdón comienza a faltar el aire y el agua se estanca, muchas heridas de los afectos y muchos problemas familiares comienzan por la pérdida de esta preciosa palabra.

En la vida familiar se discute, esto es inevitable, pero el autentico problema es que estos sentimientos negativos persistan en los días siguientes, si se discute se deben hacer las paces; con pequeños gestos, con una caricia sin palabras se vuelve a la armonía familiar, pero es necesario no dejar que termine el día para pedir perdón, no es fácil, pero se debe hacer.


Estas tres palabras-clave de la familia son palabras sencillas, pero que en ocasiones las descuidamos demasiado. Que el Señor nos ayude a ponerlas en su sitio, en nuestro corazón, en nuestra casa y en nuestra convivencia diaria, son las palabras para entrar precisamente en el amor de la familia.

Cfr. Audiencia del Papa Francisco 13 de mayo del 2015