jueves, 11 de julio de 2019

El Gran Sueño de Dios, Parte III


En nuestra catequesis de este mes, concluimos la reflexión sobre el gran sueño de Dios, su proyecto de amor para cada uno de nosotros y para nuestras familias.


Los esposos, en virtud del sacramento del matrimonio se aman divinamente, se aman desde Dios.

El Papa Francisco afirma:

“Toda la vida en común de los esposos, toda la red de relaciones que tejerán entre sí, con sus hijos y con el mundo, estará impregnada y fortalecida por la gracia del sacramento que brota del misterio de la Encarnación y de la Pascua, donde Dios expresó todo su amor por la humanidad y se unió íntimamente a ella”.

“Los esposos nunca estarán solos con sus propias fuerzas para enfrentar los desafíos que se presenten. Ellos están llamados a responder al don de Dios con su empeño, su creatividad, su resistencia y su lucha cotidiana, pero siempre podrán invocar al Espíritu Santo que ha consagrado su unión, para que la gracia recibida se manifieste nuevamente en cada situación” (AL 74).


Es cierto que el amor entre esposos no alcanza la perfección del amor de Dios, es un signo imperfecto de este amor divino, incluso el matrimonio más logrado, el más exitoso y el más santo no alcanzan la plenitud del amor de Dios.

La causa de tantos sufrimientos familiares es justamente esta: la creencia generalizada y común de que el propio matrimonio es el logro del objetivo final tan anhelado, alcanzado sólo por nuestras propias fuerzas y posibilidades.

No es el amor nupcial con el propio cónyuge lo que nos hace alcanzar la felicidad humana, ya que no existe un cónyuge que no tenga límites, debilidades o fragilidades.


Los esposos no están destinados al matrimonio terrenal, sino al matrimonio eterno: las bodas de Cristo Esposo con la Iglesia Esposa. Es lo eterno lo que da verdadero gusto y sabor a lo humano, pero sin esta referencia todo se vuelve insípido y pierde su rumbo, provocando crisis conyugales y familiares generalizadas de las que no se salva nadie.

El matrimonio es sólo el aperitivo de la felicidad, pero no es la felicidad en sí misma. El matrimonio es la verdadera puerta de entrada al sendero que conduce a la alegría plena, pero detenerse en la puerta equivale a arriesgarse a no participar nunca en el banquete de las bodas eternas. Por lo tanto debemos tener siempre presente la obra redentora que Cristo ha realizado:


“En la encarnación, él asume el amor humano, lo purifica, lo lleva a plenitud, y dona a los esposos, con su Espíritu, la capacidad de vivirlo, impregnando toda su vida de fe, esperanza y caridad. De este modo, los esposos son consagrados y, mediante una gracia propia, edifican el Cuerpo de Cristo y constituyen una iglesia doméstica” (AL 67).


El gran misterio de Cristo y de la Iglesia está en juego en la familia, porque es ahí donde Dios muestra su Rostro al mundo en nuestra carne y en nuestras relaciones familiares, cumpliendo así su gran sueño para la humanidad.

lunes, 10 de junio de 2019

El Gran Sueño de Dios, Parte II, El Amor Nupcial


En nuestra catequesis de la familia, de este mes, reflexionamos sobre el amor entre los esposos.

Jesús nos revela el camino verdadero y concreto del amor. Y el amor tiene su propio lenguaje, su expresión original, su forma de hacerse carne y este es el amor nupcial.


Existen diversos significados de la palabra “amor”: se habla de amor a la patria, de amor a la profesión o al trabajo, de amor entre amigos, entre padres e hijos, entre hermanos y familiares, del amor al prójimo y del amor a Dios. Entre todos estos significados destaca, como arquetipo por excelencia, el amor entre el hombre y la mujer, en el cual intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma, y en el que se le abre al ser humano una promesa de felicidad irresistible, que hace palidecer a los demás tipos de amor.

Es el amor nupcial entre el hombre y la mujer el que revela la excelencia del amor de Dios realizado en Cristo, el amor nupcial ha sido desde siempre la revelación por excelencia del rostro de Dios.

“Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo con respecto a Cristo y la Iglesia.” (Ef 5,31-32)

El apóstol San Pablo en esta cita, afirma que Dios al crear a Adán y a Eva para formar una sola carne, ha pensado en el gran misterio de Cristo y la Iglesia. Dios ha mirado este su gran sueño desde el principio de la creación.


Los esposos son por tanto el recuerdo permanente de lo que aconteció en la cruz, son el uno para el otro y para los hijos, testigos de la salvación, de la que el sacramento del matrimonio los hace partícipes.

Por estas razones el sacramento del matrimonio no puede ser entendido y vivido como un evento social, un rito vacio o el mero signo externo de un compromiso. El sacramento es un don para la santificación y la salvación de los esposos, porque “su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia” (AL 72).


El sacramento no es una cosa o una fuerza, porque en realidad Cristo mismo mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos. Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros.

El matrimonio cristiano es un signo que no sólo, indica cuánto amó Cristo a su Iglesia en la alianza sellada en la cruz, sino que hace presente ese amor en la comunión de los esposos. (AL 73)

El mismo e idéntico amor de Cristo, entregado en la cruz por la Iglesia, es el mismo amor que los esposos se entregan mutuamente.



miércoles, 29 de mayo de 2019

El Gran Sueño de Dios, Parte I


En nuestra catequesis de la familia de este mes iniciamos una reflexión sobre el proyecto que Dios tiene para cada uno de nosotros y para cada familia.


“¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2.49)

Estas son las únicas palabras que los Evangelios nos trasmiten de Jesús durante su infancia o juventud.

A primera vista podemos percibir una falta de respeto de Jesús hacia José y María, como si estuviera sorprendido e indignado porque los suyos deberían haber conocido la razón de que él estuviera en el templo de Dios, sin necesidad de avisarles.

En realidad detrás de estas palabras se oculta el misterio de su filiación y de la filiación de todo hombre, con Dios. Porque cada hijo del hombre, antes incluso de ser tejido en las entrañas maternas, incluso antes de ser deseado por sus padres (y cuántas veces también indeseado porque llega cuando no había sido programado), siempre ha sido anhelado en el corazón de Dios.


“Cada niño que se forma dentro de su madre es un proyecto eterno del Padre Dios y de su amor eterno. Cada niño está en el corazón de Dios desde siempre, y en el momento en que es concebido se cumple el sueño eterno del Creador. Pensemos cuánto vale ese embrión desde el instante en que es concebido. Hay que mirarlo con esos ojos de amor del Padre, que mira más allá de toda apariencia” (AL 168)


Los hijos nunca son propiedad de los padres, ellos pertenecen al Padre Celestial y Él tiene para cada uno de sus hijos un sueño tan grande y sorprendente que supera con creces la imaginación y las expectativas de sus padres terrenales.

La pregunta fundamental, por lo tanto es la siguiente: ¿Cuál es el sueño de Dios para todo hombre? ¿Qué es lo que sueña para que realmente cada uno de sus hijos pueda hacer que su vida sea grande y extraordinaria?

Con asombrosa prontitud y profundidad San Juan Pablo II responde a esta pregunta: “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo como un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, sino participa en el vivamente”


El amor es más que un movimiento interior del alma o un acto de entrega personal, el amor revelado, encontrado, experimentado y compartido es una Persona concreta, es una Persona Viva, es Cristo mismo que revela el misterio del Padre  y de su amor al hombre y le descubre lo sublime de su vocación.

Dios no tiene ningún sueño de amor abstracto e idílico para cada uno de nosotros, cuando Jesús contesta, ante el asombro de José y María, que tiene que ocuparse de las cosas de su Padre, nos está revelando a cada uno de nosotros el camino verdadero y concreto del amor.


Cfr.
El Evangelio de la Familia Alegría para el Mundo
IX Encuentro Mundial de las Familias
Dublín Irlanda 21-26 de agosto 2018

martes, 23 de abril de 2019

Las Familias a la Luz de la Palabra de Dios


Este mes, en nuestra catequesis de la familia, reflexionamos acerca de cómo la Sagrada Familia celebra y hace viva la Palabra de Dios.

 “Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua”
(Lc 2,41)


Esta frase nos hace tomar conciencia de la profundidad religiosa de la Sagrada Familia de Nazaret. Cada año, precisamente para la fiesta de la Pascua, José y María con Jesús van juntos al templo de Jerusalén para llevar a cabo su acto de fe.

Es una familia que, al hacer memoria del amor salvador de Dios, lo hace vivo y activo en su presente con vistas a un futuro en el que Dios dará plenitud y cumplimiento a su promesa. La peregrinación no es sólo una simple costumbre o una tradición del pueblo.


María y José son tocados por una Palabra que viniendo de lo Alto, de una manera completamente inesperada y sorprendente, les provoca una respuesta de fe. Dios interpela sus corazones, a una respuesta total que marcará toda su vida. Dios comunica a ambos la misma Palabra “No temas” (Lc 1,30; Mt 1,20).

Si María y José con Jesús, emprenden el viaje a Jerusalén, y están bien dispuestos a enfrentar los sacrificios e imprevistos de aquel tiempo, es porque han experimentado y continúan experimentando la Palabra de Dios en sus vidas.

La Sagrada Familia, con sus virtudes,  nos enseña que la Palabra de Dios no es una transmisión de verdades religiosas, ni una catequesis, ni una enseñanza de normas morales para poner en práctica; la Palabra es una relación viva y profunda con Dios que se convierte en historia en la vida de cada familia.


La fe es una experiencia viva y concreta de Dios, pero si esta experiencia no se realiza y no se hace carne entre las paredes de nuestro hogar, entonces, nuestra fe se vuelve un mero acto religioso ritual dentro de las iglesias, con muy poca resonancia en nuestra vida cotidiana.

Es común la queja de que los jóvenes no tienen el deseo de ir a la iglesia, pero esto se debe a que no experimentan la concreción de la Palabra de Dios en el hogar y en la vida diaria.

La Palabra de Dios se hace carne cuando se vive el misterio pascual en la vida familiar, es precisamente la Pascua de Cristo la que da gusto y sabor a la familia, a nuestros hogares. Y la Pascua no es una idea, o una verdad o un anuncio a transmitir a las familias, sino que ya está presente en cada familia desde el día que celebraron el sacramento del matrimonio.


La Palabra de Dios da a cada familia la sabiduría de la vida y la luz necesaria para poder interpretar cada acontecimiento familiar, grande o pequeño, y así gustar el preludio de las Bodas Eternas a las que cada familia ha sido llamada desde siempre.

Cfr.

El Evangelio de la Familia Alegría para el Mundo
IX Encuentro Mundial de las Familias
Dublín Irlanda 21-26 de agosto 2018.

miércoles, 3 de abril de 2019

Las Familias de Hoy Parte II


Este mes, en nuestra catequesis de la familia, continuamos reflexionando el episodio del niño Jesús perdido y hallado en el templo.


José y María buscan a Jesús llenos de angustia. El Evangelio no deshumaniza el corazón del hombre, sino que respeta y da voz a los sentimientos, cuando lo encuentran es María la que pregunta:

“Hijo, ¿Por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos andado buscando llenos de angustia” (Lc 2,48)

El hijo es siempre un hijo y, como tal, siempre ha de ser llamado, reconocido y amado. A los hijos hay que preguntarles siempre, nunca hay que acusarlos o condenarlos. María pregunta a Jesús a nombre propio y de José, lo importante no es si lo hecho está bien o mal, sino la relación entre ellos, padre y madre e hijo, la paternidad y la maternidad en relación con los hijos.

El Papa Francisco afirma que ambos contribuyen de manera distinta a la crianza de los niños. “Respetar la dignidad de un niño significa afirmar su necesidad y su derecho a tener una madre y a un padre”. No se trata solo del amor del padre y de la madre por separado, sino también del amor entre ellos, fuente de la existencia y fundamento de la familia. 


La que habla es María, a nombre de su esposo, porque no podemos negar la singularidad de la relación de la madre con su hijo concebido y llevado en su vientre: es ella la que “acompaña a Dios para que se produzca el milagro de una nueva vida” (AL 168)


María habla a Jesús y al mismo tiempo, es intermediaria de José, reafirma la paternidad. El pasaje evangélico nos hace ver en el padre el signo de la paternidad de Dios.

Sin embargo en nuestros días estamos viviendo una “sociedad sin padres”, una figura desvanecida de padres ausentes, si María y José logran relacionarse como madre y padre con Jesús, es porque en la base está viva su unión conyugal.

La crisis fundamental que las familias de hoy en día atraviesan es la falta de afecto entre los cónyuges, que después se extiende a todas las demás esferas. Las personas pasan de una relación afectiva a otra, creyendo que el amor, como las redes sociales se puede conectar o desconectar al gusto o incluso bloquearse.


Se ha generado una “cultura de lo provisorio”, donde todo es descartable, cada uno usa y tira, gasta y rompe, aprovecha mientras sirva y después, adiós. Esto pasa con los objetos materiales y se ha trasladado a las relaciones afectivas.

Ante estas situaciones, la Familia de Nazaret se convierte en un faro que no es ideal, sino real, porque también ella enfrenta problemas y en los acontecimientos de su vida nos muestra la alegría del amor que se vive dentro del hogar.


La Sagrada Familia nos muestra cómo, los acontecimientos críticos de la vida, son una fuente inagotable de gracia y santificación para el mundo entero.

Cfr. El Evangelio de la Familia Alegría para el Mundo

IX Encuentro Mundial de las Familias
Dublín Irlanda 21-26 de agosto 2018.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Las Familias de Hoy parte I


“Hijo, ¿Por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos andado buscando llenos de angustia” (Lc 2,48)


Los Evangelios nos narran muy pocos acontecimientos en la vida de la Sagrada Familia. El único pasaje que nos presenta a Jesús a la edad de doce años  es el llamado comúnmente “El niño Jesús perdido y hallado en el templo”. En aquel tiempo a esa edad ya no se era un niño, sino una persona que acaba de alcanzar la edad de la madurez.

Seguramente esperábamos un relato hermoso de la Sagrada Familia, quizás la imagen de una familia como la de los anuncios publicitarios, en la que todos los miembros de la familia son guapos, sonrientes y luminosos, gozando de una comprensión mutua total y absoluta. En cambio para nuestra sorpresa, se nos presenta una familia “que está en crisis”.


María y José son personas religiosas van al templo para la fiesta de la Pascua, llevan consigo a Jesús para educarlo religiosamente y repentinamente durante el regreso después de un día de camino, no lo encuentran. Ellos van a rezar, pero esto no los preserva de estos problemas familiares. Una madre, un padre pueden comprender la angustia de no encontrar a un hijo y de no saber en dónde buscarlo.

La Biblia no nos presenta en absoluto una imagen idealista y abstracta de la familia, sino historias de familia concretas con problemas, dificultades y desafíos. Familias que enfrentan el dolor, el mal, la violencia que rompen la vida de la familia y su íntima comunión de vida y de amor.


Los padres intentamos cuidar a nuestros hijos, pero no se puede tener siempre el control de todas las situaciones por las que pueden pasar. Entonces la gran cuestión no es dónde están nuestros hijos físicamente, con quién están, sino dónde están en un sentido existencial, dónde están sus convicciones, sus objetivos, sus deseos, su proyecto de vida. Las preguntas como padres son: ¿dónde están nuestros hijos realmente en su camino?, ¿dónde está su alma?, ¿lo sabemos, queremos saberlo?

Nos afanamos para que nuestros hijos puedan estudiar y prepararse, incluso los empujamos para hacer cosas que nosotros hubiéramos querido hacer, cuando fuimos jóvenes, pero nunca nos detenemos a escuchar ni siquiera un momento lo que hay en su corazón. José y María corren este riesgo, con toda la angustia que conlleva, y solo después de tres días encuentran a Jesús en el templo. Su primera reacción es el asombro, porque es inevitable que los hijos nos sorprendan con los proyectos que brotan de su corazón.


La educación entraña la tarea de promover la libertad y la responsabilidad de los hijos, para que sean capaces de tomar decisiones con sentido e inteligencia; que sean personas que comprendan que su vida y la de su comunidad está en sus manos y que esa libertad es un don inmenso.

Los hijos siempre son un misterio, sólo el Padre que los creo los conoce a plenitud. Sólo él conoce lo más valioso, lo más importante, sólo él sabe quiénes son y cuál es su identidad más profunda.


Un hijo es el reflejo viviente del amor de Dios, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre.

Cfr. El Evangelio de la Familia Alegría para el Mundo
IX Encuentro Mundial de las Familias
Dublín Irlanda 21-26 de agosto 2018


martes, 5 de febrero de 2019

Familia y Comunidad Cristiana


En la catequesis sobre la familia de este mes, reflexionamos acerca del vínculo entre la familia y la comunidad cristiana. La Iglesia es una familia espiritual y, la familia, es una pequeña Iglesia.

La comunidad cristiana es la casa de quienes creemos en Jesús como fuente de fraternidad entre todos los hombres. La Iglesia camina en medio de los pueblos, en la historia de los hombres y las mujeres, de los padres y las madres, de los hijos y las hijas: esta es la historia que cuenta para el Señor.

Los grandes acontecimientos de las naciones se escriben en los libros de historia. Pero la historia de los afectos humanos se escribe directamente en el corazón de Dios; y es la historia que permanece para la eternidad. La familia es donde se inicia la historia de una vida plena, que terminará con la contemplación de Dios por toda la eternidad en el cielo.


El Hijo de Dios aprendió la historia humana por esta vía y la recorrió hasta el final: nació en una familia y vivió durante treinta años esta experiencia. Después al dejar Nazaret y comenzar su vida pública, Jesús forma en torno a sí una comunidad, una asamblea, es decir una con-vocación de personas. Este es el significado de la palabra Iglesia.

La asamblea de Jesús es una familia acogedora, no es una secta exclusiva, cerrada: en ella encontramos a los apóstoles y a los discípulos, pero también a quien tiene hambre y sed, al extranjero y al perseguido, la pecadora y el publicano, los fariseos y las multitudes.

Para que esta realidad de la asamblea de Jesús esté viva en el hoy, es indispensable reavivar la alianza entre la familia y la comunidad cristiana. La familia y la parroquia son los dos lugares en los que se realiza esa comunión de amor, que encuentra su fuente última en Dios mismo.


Una Iglesia de verdad, según el evangelio, debe tener la forma de una casa acogedora, con las puertas abiertas.

Reforzar el vínculo entre familia y comunidad cristiana es hoy indispensable y urgente, se necesita una fe generosa para volver a encontrar la inteligencia y la valentía para renovar esta alianza.


Todos tenemos que ser conscientes que la fe cristiana se juega en el campo abierto de la vida compartida con todos: la familia y la parroquia tienen que hacer el milagro de una vida más comunitaria para toda la sociedad.


Cfr. Audiencia Papa Francisco 9 de septiembre del 2015.